
El último recreo
de Carlos Trillo
y Horacio Altuna
(1982)
Esta
bellísima historieta demuestra que quizás nunca será
posible pasar página. Una bomba en la noche y la humanidad es
devuelta a la casilla de salida, envolviendo a los múltiples
protagonistas de El último recreo en la pesadilla postnuclear
más terrible, en tanto el mundo que parte de cero a partir de
esa explosión lo hace también sin guía ni tradiciones,
sin referentes y sin cultura. La situación que viven Mad Max
y otros ilustres parientes cinematográficos o literarios (Ay,
Babilonia o La Tierra permanece) no es más espantosa que esta
enorme ciudad anónima, convertida en patio de recreo para los
únicos supervivientes de la humanidad: los niños.
Con algún toque de El señor de las moscas,
los capítulos de esta serie nos van mostrando los esfuerzos de
los niños escapados de la hecatombe por sobrevivir en una sociedad
que de pronto les ha dado la espalda, una sociedad que no pueden ni
saben reconstruir, pues la vida en ese jardín del edén
que al principio parecen las calles desiertas va trocándose poco
a poco en trampa opresiva donde los distintos grupos se organizan en
bandas que extorsionan y roban y matan y explotan, convirtiéndose
en remedo de la sociedad adulta cuyo legado tanto temen. Por encima
de las disputas por la comida, los abusos de poder de los pequeños
caudillos o las bromas inocentes por proteger su reino ("El monstruo")
flota siempre el espectro del pecado original, la maldición de
morir cuando la pubertad alcance a los niños y la bomba sexual
cause su efecto en ellos.
Y ese fantasma del futuro temido aparece en las entregas
de la serie desde el principio: la niña que juega a ser madre
con su muñeca; la pequeña Andrea del Cuore y sus poses
de estrella y su jugueteo con los niños (y qué sintomático
verla en la última viñeta de su episodio remedando la
pose clásica de Marilyn Monroe en La tentación vive arriba);
los cadáveres de niños desnudos rodeados de revistas pornográficas,
en claro reguero de actos de masturbación o sodomía; los
intentos de violación que acaban en agonía y asfixia.
Junto a esa factura terrible de la humanidad hacia sus herederos, el
espanto que impide la colaboración, la imitación de los
viejos clichés, la búsqueda de una pistola que augure
poderío sobre los otros desgraciados ("Con la ayuda de papá"),
los intentos de crear una supremacía sobre los demás niños,
bien sea por parte de algún adulto escapado a la muerte por su
condición de eunuco ("El rey de la ciudad") o de otros
niños convertidos sin saberlo en adultos ("El rey Arturo",
"El hombre"). Antes de que su desarrollo físico convierta
a los pequeños en cadáveres o en imitación de sus
padres, es la propia sociedad en ruinas la que hace de ellos cómplices
del pasado, condenándolos a repetir los mismos errores que desembocaron
en la tragedia.
La
sensualidad que desbordan los dibujos de Horacio Altuna refuerza enormemente
el peligro de la llegada de la pubertad y esa promesa de muerte o goce
sobre la que caminan los pequeños. Los niños no comprenden
su pasado ni su futuro, y alguno hasta se niega a admitir el presente
en el que vive, prefiriendo arrancar las páginas finales del
libro que lee para que el héroe no muera, incapaz de unirse al
héroe que pudo ser su amigo y quizá causando sin quererlo
su ejecución. En el éxodo inevitable de la ciudad envenenada
al campo se halla un capítulo magistral, "Cosas que quedan
en el camino", quizás la primera reflexión de los
niños sobre su situación, la renuncia inevitable a todo
aquello que un día tuvieron: juguetes, ropa o videojuegos. Sin
saberlo ellos mismos, es la primera decisión racional que los
convierte en adultos. Y qué hermoso ese final abierto, donde
Trillo y Altuna nos convencen de que pesa más la libertad y la
elección de la vida y el despertar de los sentidos que la amenaza
inevitable de la muerte.
Artículo de ©Rafael Marín,
publicado en Bibliópolis
|
Las imágenes que
aparecen en esta sección son ©Horacio Altuna.
Su inclusión aquí es sólo a título
informativo. Si algún contenido publicado requiere la aprobación
del autor o del propietario del copyright, contácteme en
maestrosdelcomic@ciudadfutura.com
|